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LABORATORY FOR THE DISSECTION OF FOUND MEMORIES

Marco Montiel-Soto y los juegos de la memoria
José Antonio Navarrete

¿Cómo se construye la memoria?, ¿cómo opera?, ¿qué relación existe entre memoria y recuerdo y, también, entre memoria y pasado?, ¿cuál es la interacción entre memoria y olvido? Marco Montiel-Soto tiene muchas preguntas sobre la memoria que ha planteado a través de una de las prácticas culturales más comprometidas con el tema desde los años ochenta del pasado siglo: las artes visuales.   No obstante, al hacerlo ha eludido ubicar la indagación que desarrolla tanto en el ámbito de su propia biografía personal como en el de la historia social y política, aquellos que al respecto fueron priorizados por el arte —casi exclusiva o, quizás, excluyentemente— al menos hasta el reciente cruce de siglos. Diríamos que a Montiel-Soto le interesa enfocar directamente la memoria, sobre todo, como un objeto filosófico, es decir, como un problema de estudio per se: de ahí la elaboración de su propuesta como una especulación discursiva general.

El punto de partida argumental de Montiel-Soto podría resumirse en la siguiente expresión: la fotografía es un dispositivo de memoria.   Una idea que no sólo se incorporó desde muy temprano al pensamiento acerca de este medio tecnológico de producción de imágenes —pues su origen se remonta al reconocimiento público del daguerrotipo, la primera técnica “fotográfica” ampliamente difundida, como “el espejo de la memoria” —, sino que rápidamente se convirtió en elemento central de su acervo histórico teorético.
Como material de trabajo, el artista utiliza un repertorio de diapositivas potenciado mucho más allá de los límites físicos de su cuantía.   Encontrado casualmente en sus correrías por los mercados populares de antigüedades, este pequeño archivo, con fecha aproximada de existencia de medio siglo atrás, le ha servido a Montiel-Soto como reservorio material e icónico tanto inspirador como activador de su pensamiento.

Sobre estas premisas, Montiel-Soto despliega un símil entre los procesos de accionamiento de la memoria y aquellos concernientes al modelo del trabajo científico sobre la naturaleza con base en el examen y el experimento físico-químico.   En consecuencia, moviliza un variado conjunto de recursos constructivos con los que configura una instalación evocadora del lugar por antonomasia donde se realizan ambas tareas: el laboratorio.   En su caso, uno sui generis que ha denominado como “Laboratorio de descomposición de Memorias encontradas”.

La estrategia seguida en esta propuesta genera una situación receptiva que combina eficientemente su carácter lúdico con la exigencia de reflexión.   El espectador debe desplazarse entre cajas de luces ambiguamente caracterizadas como vitrinas de exposición y muebles de laboratorio; comprobar la eficacia del uso de lentes de aumento sobre trozos de impresiones fotográficas; inspeccionar los fragmentos visuales que se le ofrecen contenidos en frascos taponados de vidrio y, como actividad principal, establecer las múltiples relaciones que parecen sugerirle las numerosas imágenes recortadas y/o agujereadas con que se tropieza en su recorrido, las cuales tejen entre sí una extensa red de comunicaciones y contactos mutuos.   Son todos estos actos los que, de un modo u otro, nutren las fotografías que se hacen en el laboratorio para terminar dispuestas en las paredes, en tanto girones de recuerdos, como una suerte de representación de los procesos constitutivos de la memoria: ellos nos alertan también acerca de la conformación de la memoria propia como un trabajo de recolección entre las ajenas.

Se trata de un juego que alude al ensanchamiento instrumental de nuestros sentidos como vía de acceso al mundo existente más allá de la experiencia sensorial inmediata; que nos trae reminiscencias de los divertimientos infantiles de “recorta y pega” —aquellos con los que ingenuamente comenzamos a desarticular y rearticular a nuestro arbitrio las cosas visibles y sus significados— y nos convoca a pensar, abierta y pluralmente, sobre la memoria como función humana.   Podría afirmarse que este laboratorio, con todos sus elementos incluidos, se organiza sobre el principio del montaje, es decir, como una cámara detonadora de sentido nuevo (de “una nueva calidad”, decía Eisenstein, uno de los principales teóricos de este principio) resultante de la contraposición de los hechos, fenómenos y objetos que alberga en su interior.   El “Laboratorio” en que se realiza este juego es entonces, ante todo, un lugar conceptual, aunque en cada uno de sus recodos se avive la emoción que nos deparan nuestros sucesivos descubrimientos.

 


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